Que defender los derechos humanos nunca signifique renunciar a la esperanza ni a la alegría.
Reflexión
Este corto e intenso recorrido como Relatora Especial para las Personas Defensoras de Derechos Humanos me ha permitido, en estos primeros seis meses, conocer y conversar con cientos de personas, organizaciones, comunidades y grupos que defienden los derechos humanos en diferentes partes del mundo.
He escuchado sobre la labor individual o colectiva que realizan, cada quien desde su lugar y propósito: proteger el agua y la tierra, buscar a las personas desaparecidas, lograr que todas las niñas tengan acceso a la educación, o impulsar cambios que mejoren la vida de todas las personas, en ámbitos grandes y pequeños.
No es un secreto para nadie que el espacio para la defensa de los derechos humanos se viene cerrando desde hace unos años, una tendencia que se ha acentuado recientemente. Gobiernos autocráticos y otros que, aunque aún se consideran formalmente democráticos, debilitan el Estado de derecho y la separación de poderes, utilizando de manera inadecuada cada vez más leyes y políticas para restringir la defensa de los derechos humanos y criminalizar a las personas defensoras de derechos humanos.
También he reflexionado sobre una paradoja: nombrarse como persona defensora, o ser reconocida como tal por otras personas, puede aumentar el temor y los riesgos que se enfrentan. La Declaración sobre las personas defensoras de los derechos humanos reconoce que todas las personas pueden ejercer este derecho, individual o colectivamente. Por eso, lo que define a una persona defensora es la labor que realiza, no que se identifique públicamente como tal. Esa visibilidad, que debería servir para reconocer y valorar su labor, en algunos contextos puede exponerlas a estigmatización, amenazas y ataques.
Y aun así, incluso en los espacios más restrictivos, donde las personas defensoras reconocen sus miedos, continúan reafirmando su compromiso de defender los derechos de sus comunidades.
Un grupo de personas defensoras me dijo recientemente: “No podemos llamarnos o autoidentificarnos como personas defensoras porque nos atacan. Pero somos defensoras, por favor no deje de reconocernos como tales y ´recíbanos´ en su mandato, siga trabajando con y desde nosotras.” Ellas no quieren abandonar su labor, ni han dejado de creer en los derechos humanos, pero saben que la forma en que se identifiquen puede exponerles a ellas, a sus familias, comunidades u organizaciones.
Sus palabras me hicieron pensar en todo lo que implica seguir luchando por los derechos, incluso cuando hacerlo supone poner en riesgo la propia seguridad. ¿Qué sería de nuestras sociedades sin tantas personas que, de diferentes maneras, buscan hacer de ellas lugares más democráticos y libres para todas las personas?
Por eso, su labor debería reconocerse públicamente como una contribución esencial a la democracia, pues fortalece la transparencia, permite cuestionar los abusos de poder y contribuye a construir sociedades más justas e inclusivas. La entrega del Premio Nobel de Paz de 2022 a Ales Bialiatski puso de relieve el papel fundamental de quienes defienden los derechos humanos promoviendo la rendición de cuentas, la democracia y la paz. Y este año, el reconocimiento de Navi Pillay con el mismo galardón nos ofrece otra oportunidad para reflexionar sobre la importancia de un compromiso sostenido con los derechos humanos y la justicia.
El reconocimiento y la solidaridad internacional son fundamentales. Los mecanismos regionales e internacionales de derechos humanos deben asumir un compromiso sostenido para reconocer y respaldar el ejercicio y la acción del derecho a defender los derechos humanos, incluso cuando las personas defensoras no puedan autoidentificarse como tales. Porque reconocerlas contribuye a activar las rutas de protección reforzada, prevenir los riesgos y exigir responsabilidades cuando se producen violaciones.
Además es una apuesta por el tipo de sociedades que queremos construir, aquellas en las que defender derechos sea motivo de respeto, respaldo, admiración y orgullo y en las que las personas puedan alzar la voz, organizarse y trabajar por un futuro más justo sin poner en riesgo sus vidas.
Por eso, desde mi rol como Relatora Especial sobre la situación de las personas defensoras de derechos humanos, seguiré trabajando para que los Estados y actores no estatales respeten el derecho a defender derechos humanos y se abstengan de obstaculizar o poner en riesgo a quienes lo ejercen.
También seguiré trabajando para que las sociedades comprendan y reconozcan el valor de esta labor y su contribución a la construcción de sociedades más justas y democráticas. Continuaré impulsando espacios de diálogo y acompañando a quienes enfrentan riesgos, buscando prevenir ataques y exigir respuestas frente a las violaciones de sus derechos.
Y a cada una de las personas defensoras que continúan su labor a pesar de la incertidumbre, las amenazas o la persecución, quiero decirles que
No tienen que identificarse públicamente como personas defensoras para ser reconocidas como tales.
No deberían estar expuestas a las falsas narrativas que las estigmatizan y violentan.
Y no tienen por qué enfrentar estos retos solas.
Pueden contar con mi mandato, no sólo como un espacio de protección sino como un espacio en donde se puedan tender puentes de encuentro y tejer redes de pretección que les acompañen y les sostengan.
Porque su trabajo importa, sus voces importan y sus derechos importan.
Defender los derechos humanos debería poder hacerse con dignidad, libertad y alegría.
FIN
May defending human rights never mean giving up hope or joy.
This brief yet intense journey as Special Rapporteur on Human Rights Defenders has, over these first six months, given me the opportunity to meet and speak with hundreds of individuals, organisations, communities and groups defending human rights in different parts of the world.
I have listened to their stories and learned about the work they carry out, individually and collectively, each from their own position and driven by their own purpose: protecting water and land, searching for disappeared persons, ensuring that every girl has access to education, or promoting changes that improve people’s lives, in both large and small ways.
It is no secret that the space for human rights defence has been shrinking for several years, a trend that has intensified recently. Autocratic governments, as well as others that, while still formally considered democratic, undermine the rule of law and the separation of powers, are increasingly misusing laws and policies to restrict human rights work and criminalise human rights defenders.
I have also reflected on a paradox: identifying oneself as a human rights defender, or being recognised as one by others, can increase the fear and risks people face. The Declaration on Human Rights Defenders recognises that everyone has the right to defend human rights, individually and in association with others. What defines a human rights defender, therefore, is the work they do, not whether they publicly identify themselves as such. That visibility, which should serve to recognise and value their work, can, in some contexts, expose them to stigmatisation, threats and attacks.
And yet, even in the most restrictive environments, where human rights defenders openly acknowledge their fears, they continue to reaffirm their commitment to defending the rights of their communities.
A group of human rights defenders recently told me: “We cannot call ourselves or identify as human rights defenders because we are attacked. But we are defenders. Please do not stop recognising us as such and ‘include us’ in your mandate. Keep working with us and from our perspective.”
They do not want to abandon their work, nor have they stopped believing in human rights. But they know that the way they identify themselves can put them, their families, communities and organisations at risk.
Their words made me reflect on everything it means to continue fighting for rights, even when doing so entails putting one’s own safety at risk. What would our societies look like without the many people who, in different ways, strive to make them more democratic and free for everyone?
Their work should therefore be publicly recognised as an essential contribution to democracy. It strengthens transparency, makes it possible to challenge abuses of power, and helps build fairer and more inclusive societies. The awarding of the 2022 Nobel Peace Prize to Ales Bialiatski highlighted the fundamental role of human rights defenders in promoting accountability, democracy and peace. And this year, the recognition of Navi Pillay with the same distinction offers us another opportunity to reflect on the importance of a sustained commitment to human rights and justice.
Recognition and international solidarity are essential. Regional and international human rights mechanisms must make a sustained commitment to recognising and supporting the exercise of the right to defend human rights, even when defenders cannot publicly identify themselves as such. Recognising them helps activate enhanced protection mechanisms, prevent risks and ensure accountability when violations occur.
It is also a commitment to the kind of societies we want to build: societies in which defending rights is a source of respect, support, admiration and pride, and where people can speak out, organise and work towards a fairer future without putting their lives at risk.
In my capacity as Special Rapporteur on the situation of human rights defenders, I will therefore continue working to ensure that States and non-State actors respect the right to defend human rights and refrain from obstructing or endangering those who exercise it.
I will also continue working to ensure that societies understand and recognise the value of this work and its contribution to building fairer and more democratic societies. I will continue to promote spaces for dialogue and stand alongside those facing risks, working to prevent attacks and demand accountability for violations of their rights.
And to every human rights defender who continues their work despite uncertainty, threats or persecution, I want to say:
You do not have to publicly identify as a human rights defender to be recognised as one.
You should not have to face the false narratives that stigmatise and harm you.
And you do not have to face these challenges alone.
You can count on my mandate, not only as a space for protection, but also as a space where bridges can be built, connections forged and protection networks strengthened to accompany and support you.
Because your work matters. Your voices matter. And your rights matter.
Defending human rights should be something everyone can do with dignity, freedom and joy
END